La Saga Identidad: Desnudando el iceberg (2)

Hay un elemento casi perenne en el mapa de mi identidad.

Los abruptos oleajes que generan las fases de la bipolaridad encuentran, en ocasiones, mares tan en calma que son castigados por un intenso sol depresivo.

Entre los tempos de esa melodía cíclica se suceden mis experiencias vitales. Comunes a todos, los varapalos de esta vida nos van llegando. Unas veces antes, otras después, vemos como la metralla del desengaño, la frustración y el luto nos castigan en exceso.


La saga Identidad encuentra en los tóxicos un pilar de dudoso renombre.

Concretamente, una alcoholemia incipiente asoma en muchas de sus páginas.

Tan arraigado está en mí el beber, que tengo que posar mi vista en mi infancia para comprender que la problemática, si bien se ha visto arreciada por el consumo, en verdad vino de serie conmigo a este mundo.

Ahí radica una de las claves que aún se me escapan.

No es lo mismo un fuerte viento de melancolía que un todo un huracán erigido en desesperanza.

Uno puede caminar contra dicho viento e, incluso, acostumbrarse a ello. Pero nada se puede hacer ante el huracanado soplo de una tragedia anunciada.

La reinvención de la saga Identidad, entrega a entrega, se debe en gran medida a las numerosas ocasiones en las que el huracán barrió cuanto encontró construido por mí.

Una meticulosa destrucción que jamás dejó ladrillo en pie.


¿Hubiese arremetido con tal furia de no ser por la presencia de los tóxicos?

Es bien sabido que el alcohol suelta la lengua y desinhibe la ira. Acota lo que nos separa de la autodestrucción.

En un efecto acordeón, la luz necesaria para alejarse de lo que nos hiere se oscurece tanto que, cíclicamente, se regresa al consumo esgrimiendo todo lo que una vez se negó.

‘La taberna: Una libreta para el recuerdo’, segunda entrega de la saga, explora a consciencia la dificultad que atesora la empresa de desintoxicación.

Lo hace dibujando poco a poco esos lugares en los que se nos inyecta el veneno a todo adicto. De grises claroscuros y decadentes, yermos paisajes parecerán trazar el camino del héroe en una misión que se antoja sin mérito ni honor algunos.


Todo parece verse multiplicado mediante un consumo continuado.

El vértigo a una caída se torna de temido en algo absolutamente terrorífico, pues uno sabe bien que, en ocasiones, debajo del propio suelo la caída puede continuar. Y de qué manera.

Por eso la mayoría de toxicómanos creemos que nuestras dosis diarias de alas funcionarán. Vuelos tan torpes como breves harán las veces de una suerte de flote ilusorio.

Pero nada más lejos de la realidad.

Las facturas, reales como puños, nos reducirán tarde o temprano.

Morderemos el polvo y querremos levantarnos con nuevo entorno pero exacto método.


Es bien conocido lo que ocurre con las casas de paja en el cuento de los tres cerditos.

En esta segunda entrega de ‘Desnudando el iceberg’ he hablado sobradamente de vientos huracanados. Cabe imaginar fácilmente pues, la facilidad con la que todo lo hecho con prisas saltará por los aires.

Además, siempre cauto aguardando el momento y la presa, un Monstruo acecha. Lo hace desde nuestro interior, sonriente ante cada intento de mejora.

Si nuestro hogar sobrevive al huracán, el barro del que quizá hayamos hecho uso se derretirá ante la tormenta que supone la llegada de nuestro principal villano.

Él nos conoce mejor que nadie. Conocedor de cada punto débil, ese maestro de la manipulación logrará derruir lo que la propia vida no alcance a derrumbar.

En una situación como la que expongo, parecerá absurdo alimentar a ese ente persecutor.

Pues, ni más ni menos, eso es lo que se logra con los tóxicos a largo plazo.

Darle forma. Otorgarle voz. Brindarle poderes. Abrirle las puertas de par en par.


La saga Identidad presenta una batalla eterna contra dicho Monstruo.

Se le perfila desde múltiples ángulos.

Primero para conocerle.

Segundo para escapar.

Tercero para exponerle.

Cuarto para vencer.

Un ejercicio de mutación y evolución. De alquimia interior.

Sin embargo, mientras a esa mezcla se la riegue con una sola gota de alcohol, el resultado parece repetirse una y otra vez. Enriquecido de la experiencia, sí, pero dando en consecuencia con una de esas noches sin estrellas que atenazan el corazón.

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© 2016 por Víctor Fernández García