La Saga Identidad: Desnudando el iceberg (1)





Todo proceso creativo encuentra su origen en un instante de ignición.

Puede que se trate de un texto breve o de los pilares de una saga literaria. Eso es algo que, como en la misma vida, a menudo resulta esquivo a nuestra perspectiva puntual.


Para la saga Identidad, el momento flamígero que permitió que las llamaradas alumbraran la creatividad hasta estos días fue, ni más ni menos, una excursión por la locura.

Agarrado de los relatos como si de clavos ardiendo se tratasen, viví largos años en la penumbra que conforman la falsa clarividencia y las ideas espesas.

Dicho billete a la demencia me vino otorgado por una afección mental.



TRASTORNO BIPOLAR

Este trastorno mental se caracteriza fundamentalmente por un desequilibrio en los neurotransmisores que propicia saltos abruptos en el estado de ánimo.




Si bien el desmenuzamiento de este hándicap encuentra en las páginas de la saga un importante papel, no menos relevante resulta el análisis de los mundos y roles que genera. Del mismo modo que en lo horrible de un conflicto bélico puede nacer el amor en cualquiera de sus facetas, alguien sumido en una depresión severa ve como se levanta a su alrededor un imperio de hierro. La vivencia de cómo la vida de uno se deshumaniza, enfriándose a cada aliento expirado, genera un mundo bello en sí mismo, aunque decadente.

También el falso vuelo de unas alas patológicas resulta tan espléndido y placentero que, siempre desde la primera persona, su experimentación revoluciona y oxigena a partes iguales.


Uno no es el mismo mientras rema para emerger de arenas movedizas que cuando surca los cielos a toda velocidad. Las circunstancias, las posibilidades y el mapa completo de acción viran en función de algo tan etéreo como resulta el estado de ánimo.


He titulado a esta serie de artículos ‘Desnudando el iceberg’, precisamente, para no anclarme indefinidamente en las pesquisas relativas al trastorno.

Un ser humano es mucho más que el conjunto de afecciones heredadas o desarrolladas.

Nos mueven sentimientos, de luz pura o pútrida raíz. Nos rodeamos de valores, inculcados o dilucidados.

Y nos guste o no, estamos en el mismo barco: Una vida pasajera surcando el oleaje de un universo desconocido, eterno e infinito a nuestros ojos.


Se trata de un escenario donde todo está invitado.

Las sombras de la noche pueden y, de hecho, crean monstruos de infame naturaleza.

Demonios que durante el día perpetran con crueldad su voluntad.

Las mieles de la imperecedera esperanza elevan nuestro espíritu acercándonos, no tan a menudo como quizá quisiéramos, a causas repletas de nobleza.

No hay guía para vivir.

Pero nunca está de más estudiar lo conocido antes de aventurarse a caminar.

¿Qué puede haber más conocido que nosotros mismos?

La propia identidad es algo que siempre hay que perseguir, atesorándola cuando el mar del tiempo parece amansarse.

Cierto es que el mundo está hecho a base de máscaras. Edificado en sí mismo con un recelo, desconfianza y guardia en alto digno del terror que lo carcome. Andar por ahí siendo uno mismo ocultará a la mayoría de las serpientes, pero no nos librará de sus picaduras por la espalda.

Sin embargo, olvidemos por un momento ese veneno.

Dejemos a un lado el desgaste de los años y el peso de la experiencia.


Imaginemos nos encontramos en plena madrugada. Una música lenta y suave nos acompaña mientras nos miramos en el espejo de nuestra mente.

Pensamos a menudo que somos esa pequeña porción que asoma a la superficie de la vida rutinaria.

Ahí es donde llega la oportunidad de comenzar a desnudar nuestro iceberg.

Como una escultura, tengo la saga Identidad frente a mí. El barro sigue algo húmedo en los bordes, si bien el núcleo petrificado me contempla con frialdad. Será en posteriores artículos donde trataré de moldear su forma para presentarla como es debido. Cada caricia descubrirá algo más un iceberg que va mucho más allá de lo que creemos.


Identidad.

Sentimientos, emociones y valores.

Apenas una barca sumida en ese precioso océano unas veces furioso, otras en calma, que nos obliga a viajar sí o sí. Por dentro y por fuera.

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© 2016 por Víctor Fernández García