Leyendas de Animalia: Ramírez y el volcán | Introducción de bienvenida







Faustino no tenía un buen día.

Los hay que duermen sin recordar sueño alguno. Otros pasan parte de la mañana elucubrando teorías en torno a mejores o peores sueños. Él, en cambio, había tenido una pesadilla de aúpa.

Había soñado que pasaba los días con una incómoda mascarilla. Que, al estornudar, por poco lograba contener las náuseas de sentir como aquel cacharro se impregnaba.

Pero eso no era lo peor.

Lo más negativo sin duda era el humor general de cuantos hacían acto de presencia en su mal sueño.


Por eso, Faustino caminaba pesaroso al frente de la marcha.

El mástil de la inmensa guitarra caía a plomo sobre su hombro.

El resto de la formación de los Soldados de Palacio cargaba tras él lo que restaba del instrumento.

Menuda responsabilidad para todo un coronel como Faustino. Llevarle la música al Rey Husk.

El gato deforme apenas se encontraba a un metro de distancia. Pero eso, para una división de ratones, podía ser una distancia considerable. Sobretodo si la guitarra que llevaban a cuestas estaba recubierta de oro.


Cuando el rey se percató de su presencia, emitió un maullido que, a buen seguro, se debió intuir, sino escuchar, por toda Animalia.

Estirándose sobre sus larguísimas patas traseras, puso el rostro por el cual Faustino, más de una vez, había deseado renunciar. Una mezcla de repelente satisfacción y vomitiva altanería se dibujó en la boca desdentada del rey Husk.


El coronel de los Soldados de Palacio no se inmutó, aunque no fue así con el resto de la formación. Apresurada, incrementó la intensidad de la marcha, hasta el punto de casi llevarse por delante a Faustino.

Finalmente, la gran guitarra quedó situada ante el cuerpo gordinflón de Husk.

Aquello, pensaba Faustino, ya era el colmo.

Los soldados se repartieron por las diferentes cuerdas y trastes, dispuestos a que el playback del rey no levantase ninguna sospecha.

Cuando éste alzó la voz, Faustino decidió alejarse para encenderse un pitillo.

Era algo que seguramente acarrearía su despido, pero qué más daba ya.

Servir a aquel rey, según pensaba mientras se alejaba del patio, desacreditaría al más pintado.




Bieeeeeeeeenvenidooooooos

Toooodooooos seeeeáaaaiiiiis

A eeestaaa histooooriiaaaaaaa

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiin iguaaaaaaaallllll




La oda escogida por el rey resonaba a las espaldas de Faustino.

Peinaba mentalmente las diferentes localizaciones a dónde podía dirigirse, hasta que el impacto de una sartén en su rostro lo tumbó por KO.

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